miércoles, 27 de mayo de 2009

La muerte de unos tipos valientes




Amanecía, hace hoy 68 años, y más de 2.000 hombres valientes esperaban a la muerte en aguas del Atlántico Norte a bordo de un barco condenado. Tripulaban el que no fue el superacorazado más grande de todos los tiempos, pero quizá sí el cúlmen de la perfección de este tipo de buques: el Schlachtschiff Bismarck. Descendiente de una orgullosa tradición de construcción naval de grandes buques en Alemania, para disputar a la Royal Navy británica el dominio de los mares, el Bismarck eran más de 50.000 toneladas de desplazamiento en acero de blindaje de alta calidad en una disposición ultrarresistente; armado con 8 cañones navales SK C/34 de 380 mm de calibre y 48 calibres de longitud, 12 cañones de 150 mm y cañones antiaéreos diversos, era un diseño de acorazado supremo, capaz de enfrentarse en solitario a cualquier adversario, y de reducir a la nada por su mera presencia el tráfico mercante en el Atlántico. De ahí la operación de caza que se había puesto en marcha cuando el buque abandonó el puerto de Gotenhafen (hoy la polaca Gdynia) en compañía del crucero pesado Prinz Eugen el 19 de mayo de 1941. Y que se convirtió en una frenética orden (¡Hundid al Bismarck!) cuando un único proyectil del acorazado alemán voló por los aires al crucero de batalla y orgullo de la flota británica HMS Hood entre Islandia y Groenlandia, el 24 de mayo.

Después del hundimiento del Hood los acontecimientos habían sido desenfrenados. Averiado en el curso de esta batalla, el capitán del Bismarck Kapitän zur See Ernst Lindemann y el almirante de la flota al mando, Günther Lütjens, decidieron regresar a un puerto bajo control alemán en la Francia ocupada. La Royal Navy envió todo lo que tenía para impedir que el acorazado alemán consiguiera su objetivo; localizado por un hidroavión Catalina el 26 de junio y atacado por anticuados biplanos Swordfish del portaaviones Ark Royal, un torpedo que dañó los timones selló la suerte del Bismarck. La mañana del 27 de mayo su tripulación simplemente esperaba la llegada de la flota británica, y con ella, la muerte. El titán era incapaz de maniobrar, y con su timón fijo se limitaba a dar vueltas en círculo.

A las 8:47 los acorazados Rodney y King George V abrieron fuego contra el Bismarck; 44 minutos más tarde sus cañones habían sido silenciados, y comenzó un salvaje cañoneo a quemarropa de estos dos navíos, al que se unieron los cruceros Norfolk y Dorsetshire. La tormenta de fuego fue infernal; 200 marinos murieron en una única explosión cuando un proyectil impactó en la escalera en la que intentaban ganar la borda. Convertido en chatarra humeante pero con el casco aún sólido y los motores en marcha, el barco recibió numerosos impactos de proyectil de grueso calibre y torpedo, hasta que se hundió por la proa a las 10:39 de la mañana; algunos supervivientes afirman que de la mano de sus propios tripulantes. Pero supervivientes no hubo muchos, porque aunque casi 1.00 marinos alemanes consiguieron salir del barco una alerta antisubmarina dispersó a los británicos; más de 800 alemanes murieron en las heladas aguas del Atlántico Norte.

Su suerte, junto a la del Prince of Wales algunos meses más tarde en el Índico y los ataques a Tarento de aviones británicos, terminó por dar lugar a Pearl Harbor y demostró que la Era del Acorazado había pasado. Estos poderosísimos buques de guerra eran casi invulnerables al fuego incluso de otros de su tipo (los británicos usaron ocho acorazados, dos portaaviones, cuatro cruceros pesados, siete cruceros ligeros, veintiún destructores, seis submarinos y más de cien aviones para hundir al Bismarck), pero vulnerables a los aviones; más de un siglo de tradición naval desaparecía bajo las olas. Después de la Segunda Guerra Mundial ninguna marina construyó acorazados, y todas desguazaron (o pusieron en reserva) los que aún tenían. El Bismarck fue la culminación del diseño, junto a los Yamato japoneses y los Iowa estadounidenses, que a la vez demostraron que el blindaje ya no era suficiente. Empezaba la Era del Portaaviones.

Hoy hace 68 años murieron 2.000 tipos valientes. Su gobierno era detestable, y la ideología que lo sustentaba abominable. Puede que algunos de aquellos marinos alemanes fueran nazis y estuvieran contaminados por la locura asesina de su Führer. Otros, sin duda, eran simplemente marinos que amaban a su país. Ni la ideología ni el nacionalismo justifica matar, ni morir; pero la cuestión no es si su muerte estuvo justificada, sino si la encararon con valor; y eso nadie puede dudarlo. Su causa era repugnante, y su país había caído en una locura asesina, pero aquellos tipos supieron morir. Por mucho que con toda probabilidad al universo le importe poco, es algo por lo que se puede brindar. Prost.

Vía perogrullo.com

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